21/02/2020

Flyback 60 Segundos

Comparte

@spitfiremkii

Berlín, mayo de 1970.

El joven Hans observa el cambio de guardia en el muro, está en un sombria esquina, cercana al despacho donde trabaja. Hans observa el muro día sí y día también.

Desde que los checos se “animaron”, hace apenas dos años, hay menos vopos de guardia y más miembros del glorioso ejercito rojo. Pero esto el joven Hans lo desconoce. Lo de Praga sólo son rumores, se comenta en voz baja y con miedo. No sería el primero en desaparecer por la denuncia de un vecino.

El joven Hans observa el cambio de guardia desde su sombría esquina, ve como un batallón del Caucaso se retira marchando con extrema marcialidad.

Dice su abuelo, Gunther, que desde Stalingrado sólo los vencedores marcan el paso de la oca, eso sí nunca con el garbo de las Waffen SS dónde estuvo destinado, dice con orgullo.

Aunque admite que estos Soviets lo hacen bastante bien así como los Tommies, pero nunca los americanos. Para el abuelo, los americanos son unos paletos con suerte que no saben ni desfilar, parecen de Silesia, dirá su abuelo en algún ataque de lucidez.

El joven Hans admite para si mismo, que sí, que tienen suerte estos Silesianos.

Hans se fija en cada una de las caras de cada uno de los soldados. Soldados aún con los gorros y el uniforme de invierno. Parecen ovejas todas iguales, más bien lobos rectifica mentalmente el joven Hans.

Observa los ojos, bajo las inesxistentes viseras. Iguales a los de la prima Judith, negros, pequeños y achinados. Borra el pensamiento, sólo se insinúa en su cerebro. Son antisociales.

El gran ejercito rojo liberó Alemania, no violó todo él a la desquiciada tía Brunilda, bueno todo no, sólo 10 o 15 de ellos, mientras el resto de la armada soviet se propasaba con el resto de la población.

El joven Hans, nervioso por las ideas que cruzan su mente, se acaricia compulsivamente la muñeca izquierda, busca su reloj.

Hans ha sido premiado por el pueblo alemán, el reloj es regalo de la joven y pujante RDA al sobresaliente Hans, al prometedor ingeniero mecánico formado en Moscú y en Petrodvorets.

Oye el paso de la trotadora, un mecanismo basto, sin rubís, el tic tac resuena en su cabeza.

Puede contar los segundos, uno, dos, tres,… cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, sesenta.

Sesenta maravillosos segundos entre que se marcha un batallón y llega el de reemplazo.

Sesenta segundos, una vez a la semana, sólo cuando están los caucasianos, piensa el joven Hans.

Sesenta segundos que cronometra una semana y otra y otra y otra, desde hace tres meses con su flamante Ruhla regalo del pueblo al brillante y joven Hans.

Desde su sombría esquina, justo debajo de su lugar de trabajo, el joven Hans oye la señal del cambio de guardia. Observa taimado, cauto, no se deja ver y cuando el último esbirro asiático desaparece de su vista, aprieta el botón superior de su Ruhla, el que activa el “Flyback”. La trotadora vuelve de golpe a las doce y se reinicia la cuenta: uno, dos, tres,… cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, sesenta. Aparecen los nuevos guardias por el final de la calle. El joven Hans aprieta el botón inferior y no lo suelta. Baja la vista hacia el reloj y mira la esfera, todo ello con el botón inferior aún apretado. Sesenta segundos clavados.

Ahora sí, el joven Hans suelta el botón y tras unos ligeros golpecitos con el índice derecho el mecanismo cobra vida de nuevo. Insignificantes inconvenientes de la economía y producción planificada de la Alemanía Oriental.

El joven Hans mira alrededor, nadie se ha fijado tampoco hoy en su presencia. Como tampoco nadie más que el joven Hans se ha percatado en que un sector del muro queda desierto sesenta segundos una vez a la semana.

Vuelve caminando a su trabajo, el joven Hans diseña relojes para G.U.B. en un despacho de Berlín, Virtudes de la planificación comunista, mejor no preguntar el por qué.

Mientras mira su Ruhla, aprieta el Flyback y cuenta uno, dos, tres,… cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, sesenta. Aprieta el botón inferior, para el mecanismo y el joven Hans sueña.

Sueña que se atreve a correr durante sesenta segundos, hacia la libertad, hacia los patanes americanos, hacia el oeste.

Sueño que se esfuma en cuanto el Ruhla vuelve a arrancar. El joven Hans no lo sabe, pero nunca se atreverá a volar sesenta segundos, al joven Hans aún le quedan diecinueve años con el botón inferior apretado, diecinueve años de muro.

El reloj

El reloj como ya habréis adivinado es un Ruhla Cronografo con función flyback, reloj con una sóla trotadora y sin ningún rubí en su mecanismo.

Así y todo, tiene su encanto.

5 comentario en “Flyback 60 Segundos

  1. Gran relato. Yo me acuerdo de cuando cayó el Muro. Iba a mejorar el mundo, y lo hizo durante un tiempo…
    (Nota del editor. Los puntos suspensivos siempre son tres, a continuación de la claúsula de partida, sin espacio inicial. Luego pones un espacio, sólo uno, y ya puedes seguir escribiendo.) 🙂

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.