El Viajante

@spitfiremkii

Entre Cambridge Y Norwich – Octubre 1966

Harry lleva una semana muy ajetreada. A duras penas ha alcanzado a subirse al tren en Cambridge, rumbo a Norwich.

Una vieja locomotora diésel, tal vez de la pasada guerra, tira de unos vagones de 2ª.

Vagones desvencijados, ventanillas que ni suben ni bajan, asientos destripados carentes de relleno y un penetrante olor a orines.

Orines que encharcan el suelo. Las huellas de suelas mojadas permiten seguir el recorrido del revisor. Orines que inundan lentamente el vagón al estar el único inodoro atascado.

El humo de la locomotora se mezcla con el olor a humanidad.

Es dura la profesión de viajante de comercio, Harry nunca lo hubiera imaginado.

Arrastra una pesada y rígida maleta de cuero negro por media Inglaterra. Del andén al tren, del tren a una nueva estación, igual a todas las anteriores. De estación anónima a lúgubre pensión o apolillado B&B.

B&B que con suerte le sirve un frío y correoso beicon con pelo de gato como peluquín. Desayuno que intenta tragar con un té tibio, rozando la frialdad.

Tampoco puede esperar mucho más. La compañía es nueva, se acaba de crear. Además, conociendo a los accionistas tampoco aprobarían gastos elevados de representación. Probablemente consideren el pelo de gato, el té rancio y la húmeda habitación, con su calentador de agua para el té, lujos asiáticos. Es la política de la empresa, nunca mejor dicho.

Harry intenta observar el paisaje, al fin ha conseguido cerrar la dichosa ventanilla. Son las 16:30 y está anocheciendo.

“Greater Anglia” se lee en los amarillentos cabeceros de los asientos… “Greater Anglia”, sonríe con ironía mientras el traqueteo le va produciendo una leve somnolencia. Igual le hará olvidar el vacío de su estómago.

Acaricia su pesado y negro maletín, lo deposita a sus pies. Aunque en el vacío vagón a nadie parece importarle que esté sobre el asiento. Espera que los orines no lleguen a mojarlo.

Unas punzadas continuas en el abdomen, que achaca al hambre, y un ligero dolor de cabeza le acompañan prácticamente desde que empezó con esta ruta comercial.

Finalmente, no consigue conciliar el sueño, sigue mirando por la ventanilla. Un hilo cuelga del puño derecho de su deshilachada camisa. Puño que asoma por la manga, extremadamente corta, de un remendado traje de tweed.

Cree ver los acantilados de Norfolk desde el tren, pero esto es imposible. Aunque si nota un cierto sabor salado en sus secos labios.

Sabor que le recuerda vagamente al yodo del mar en la piel, después de un día de playa en su natal Brighton. Pero mucho más intenso.

Harry piensa que ha tenido mucha suerte de conseguir este trabajo. Una lástima que el anterior comercial cayera gravemente enfermo, pero una suerte para él.

El último mes lleva recorrida media vieja Inglaterra.

Repasa mentalmente los condados recorridos: North Yorkshire, Lincolnshire, Norfolk, Suffolk, Cambrigdeshire, Hertfordshire, Essex, Bedfordshire, Buckinghamshire y Oxfordshire.

En este periplo comercial sólo le falta visitar una pequeña población de Norfolk. Al oeste de Norwich, un lugar llamado Feltwell.

Las rutas vienen marcadas desde la central. Son muy estrictos con el orden de las visitas previamente acordadas y con todo el protocolo a seguir en el proceso de venta. Dejar para el final este pequeño pueblo a medio camino entre Cambridge y Norwich, es decir en medio de la nada, ha sido decisión suya.

Se intenta relajar en su incómoda butaca de 2ª clase, estira las piernas. Las acomoda encima de la de enfrente. Ventajas de no compartir, por ahora, habitáculo.

El dolor de cabeza remite ligeramente, mientras el traqueteo finalmente le hace adormecerse.

Berlín Oriental – Septiembre De 1971 – Fernsehturm

– “Guten Morgen, mein Herr”

Dice el joven Hans, acompañándolo de un ligero taconazo. Mientras simultáneamente se yergue y saluda servilmente, con una ligera inclinación de cabeza y tronco, lo que equivale a unos cuarenta y cinco grados en la RDA, a su superior. Probablemente haya coreografías más sencillas.

– “Mein Herr, tiene el informe semanal de la operación Armbanduhr en su escritorio”, añade.

Hans ha dejado la fábrica de relojes, trabaja de analista en el ministerio. Los datos son suministrados por sus “amigos”, por llamarlos de algún modo, soviéticos.

El estado ha decidido que su formación de ingeniero es adecuada para revisar, procesar, ordenar y finalmente resumir la información, para a continuación dársela digerida a su superior, Herr Schmidt.

Hans está convencido que es un nombre ficticio.

– “Danke, jung Hans” contesta un frío Herr Schmidt. Mientras reprime la tentación de levantar el brazo derecho. Un pasado como Sturmbannführer de la RSHA no se olvida, así como así.

Al menos los nuevos amos supieron apreciar su valor, después de una “ligera” reeducación.

Quitando el cambio de simbología, tampoco hay tanta diferencia. Una sociedad ordenada y vigilada. Una sociedad que funciona. Hasta los uniformes son similares, aunque la calidad deje bastante que desear.

– “Por favor, Hans, cuando sea posible haz un memorándum comparando este mes con los dos anteriores de este trimestre.”

Hans sabe que el “cuando sea posible” es realmente un “ahora mismo”.

Mientras repasa las cifras se percata de lo mucho que cambian los códigos de los activos. No comprende como en una operación tan significativa de infiltración, los agentes sean diferentes cada pocos meses.

Es imposible que los capturen, o la operación ya habría finalizado hace años.

O tal vez no, piensa Hans. Después de los cinco de Cambridge cualquier cosa se puede esperar de esos estirados con traje de tweed y exquisitos falsos modales.

Fachada bajo la que ocultan una mala educación y soberbia galopantes. Espías de colegio privado

El MI6 parece producto de otra época, agentes cuyas vidas trascurren detrás de un escritorio de caoba. Mientras con una cucharilla de plata crean remolinos en su té de las cinco e intentan descifrar en ellos los secretos de los arcanos. Totalmente de otra época piensa Hans, mientras sonríe al pensar como obtienen los datos.

Los IL-62 de Aeroflot, en su aproximación a Gatwick sobrevuelan libremente el sureste y el centro de Inglaterra, el vuelo diario que une Moscú con Londres. Totalmente deficitario, si no fuera por el tabaco americano y las medias de nailon que traen de contrabando en su regreso a Moscú.

Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Fernsehturm,_Berlin,_160213,_ako.jpg#filelinks

Y por la bodega de equipaje, que al ir medio vacía va saturada de sensores.

Al final los de Lubianka estarán provocando una marea capitalista de cartones de Winston en el parque Gorky. Todo con tal de mantener la operación activa en las narices del MI6.

Bueno no sólo los IL62. Hans sabe que en la Stasi son más modestos y no pueden fletar un avión diario.

Pero si son capaces de suplir la economía por imaginación. Disfrazar de inofensivo repetidor de TV unos modernos equipos de radioescucha y radiogoniometría. En las mismas narices de occidente, con obscena ostentación. Todo un logro del proletariado, la Fernsehturm.

Hans ya no se acuerda de cuando quiso saltar el muro. Ahora es un orgulloso engranaje, otro más, al otro lado del telón de acero.

Technische Universität Dresde, RDA, Febrero De 1963 – Clase Inaugural

Buenos días caballeros, bienvenidos a la asignatura de Radiolocalización, Telemetría y Radiogoniometría.

Como supondrán, los conocimientos previos todos ustedes ya los tienen.

Es terriblemente sencillo y a la vez elegante. Cualquier ingeniero de radio, conoce la base teórica.

Con un radiogoniómetro se puede detectar la dirección de procedencia de una señal de radio.

Si disponemos de varios de estos equipos, podemos intentar triangular o hacer una marcación aproximada, siguiendo un procedimiento muy similar al usado en navegación costera.

Si además conocemos la potencia del transmisor. Tomando como base la ecuación de transmisión de Friis, más unos simples cálculos. Conjugados con los datos empíricos de atenuación por propagación al aire libre. Conseguiríamos que nuestro error en la determinación de la ubicación de dicho transmisor fuera de escasos metros.

Una vez que sus atrofiados cerebros hayan procesado esta simple información, procedan a abrir el libro por la página 23 y a ver si conseguimos que en este trimestre al menos sean capaces de localizar la cafetería no sólo guiados por su olfato. Por cierto, señores, pueden reírse, era un broma…

Fernsehturm – Septiembre 1971

Hans recuerda los ya lejanos días de la universidad. “Cualquier ingeniero de radio, conoce la base teórica…” decía el viejo profesor.

En este caso se trata un potente emisor en la banda de VLF.

Solamente se activa por un corto espacio de tiempo, un slot. Simulando una interferencia o ruido en el radiocanal.

Estos slots están programados semanalmente, sincronizados bien con los vuelos de Aeroflot, bien con la presencia de barcos o submarinos soviéticos en las cercanías.

En el mar de Irlanda o en el Mar del Norte o el Canal “Británico”. Británico para los endogámicos del imperio, Canal de la Mancha para el resto del planeta. Un auténtico hervidero de pesqueros simulados y submarinos de todas las nacionalidades.

Simultáneamente están las estaciones de radioescucha fijas en Povarovo (URSS) y los equipos camuflados en la torre de televisión de Berlín Este.

La combinación de los datos obtenidos por los radiogoniómetros en plataformas móviles junto los datos de las estaciones fijas de Berlín y del noroeste de Moscú, pueden dar una geolocalización, unas coordenadas con una precisión de un segundo de arco terrestre, es decir unos 30 metros.

Coordenadas que son validadas y contrastadas con las rutas de los agentes por la oficina de la Hauptverwaltung Aufklärung en Berlín.

Ese es el “duro” trabajo de Hans, eso y compartirlo con sus homónimos de los Urales.

Luego sólo falta fotografiarlos desde los vuelos comerciales. Vuelos que curiosamente siempre sufren un ligero desvío en sus rutas.

Hans sigue pensando que es sorprendente que los británicos lo permitan. Berlín, o Moscú, habría derribado por menos algún vuelo de la British Airways. Para luego disfrazarlo de accidente en la aproximación.

De todos modos, la teoría es fácil, piensa Hans, la gracia está en como introducir el transmisor en una base de la RAF.

Octubre de 1966 – Feltwell – Base De La RAFSureste De Inglaterra

Harry se registra en la entrada de la base de la RAF en Feltwell, es la última visita de su ruta.

Inspeccionan el pesado maletín de viajante de comercio, cotejan levemente la fotografía de su identificación, comprueban si esta en el listado de entrada y le sonríen ampliamente.

– “Bienvenido a la base de Feltwell, Mr.Gates.”

Le dice el teniente Gordon, de la policía militar, en el control de entrada, tras las rutinarias comprobaciones. Harry también sonríe. A Harry, nadie nunca antes le ha llamado señor.

– “Le está esperando con gran expectación, sobre todo desde que dejó de visitarnos su desgraciado compañero. Una lástima, una verdadera lástima, en fin… El sargento Barnes le guiará hasta la cantina de oficiales.”, prosigue el oficial, mientras le devuelve su pasaporte.

– “Muchas gracias, teniente.”, contesta Harry.

– “Por cierto Mr. Gates, le estaría muy agradecido si me pudiera guardar una unidad y recuerde no salirse de la zona delimitada en amarillo, la autorizada para personal civil, así como la prohibición de tomar fotografías”, añade el joven teniente.

– “Por supuesto, teniente.”, sonríe tímidamente Harry.

– “Que pase un buen día… E insisto, mi agradecimiento será eterno si me reserva una unidad. ¡Sargento Barnes! Acompañe a este civil a la cantina de oficiales y no se distraiga en la barra.”

El sargento, cara bonachona, con prominentes mejillas sonrosada y nariz bulbosa de exagerada capilaridad, guía a Harry a través de la base.

Mientras, le comenta que estos jóvenes, esto oficiales lechuguinos, no lucharon en la guerra.

Están olvidando las tradiciones, han perdido el sentido de la milicia, camaradería masculina y la aguerrida tradición del brandy en la RAF. Además de que parece que pierden el norte por los juguetes que vende Harry.

Evidentemente Harry sonríe, olvidando momentáneamente el dolor de cabeza. Augura unos ingentes pedidos. Será un buen cierre de semana.

Finalmente entran en el club de oficiales. No se diferenciaría de ningún otro club de caballeros de esta zona del país.

Reverente silencio, cuero viejo, crujir de madera, almizcleño humo de pipa, periódicos doblados con tiralíneas, camareros pulcros y un batallón de licores perfectamente alineados.

No se distinguiría sino fuera por la profusión de uniformes y las fotografías de viejos spitfires en las paredes.

O eso piensa Harry, cuyo conocimiento de dichos clubes es nulo, nunca ha sido ni nunca será un caballero.

El sargento se cuadra, presenta a Harry a los oficiales presentes y se retira silenciosamente.

Harry observa por el rabillo del ojo como un comandante apoyado en un bastón le guiña el ojo al sargento, mientras le palmea la espalda como antiguos camaradas. Le sirve un brandy.

El sargento otea vigilante, nadie le mira, engulle el ambarino líquido rápidamente. Vuelve a cuadrarse ante el oficial y sale marcialmente del club.

– “No se sorprenda joven, servimos juntos, caímos juntos y escapamos juntos… El acabó alcohólico y yo cojo. Pero si no llega a ser por él algo más que algo de movilidad en la pierna hubiera perdido. Eso supera cualquier rango y cualquier norma estúpida.”

El comandante se sirve un generoso oporto y le sirve otra a Harry, sin tan siquiera preguntarle.

Harry no sabe si está más sorprendido por la amigable la actitud del oficial o por si estando cojo aún pueda servir en la RAF. ¿Ese uniforme no es de la Royal Navy? Tampoco le cuadra la edad que aparenta el comandante, tras el rictus de dolor al caminar, se esconde un rostro mucho más joven, tal vez rondando los treinta, y que haya servido en la guerra… A saber a qué guerra se refiere.

– “Por favor joven, abra el maletín y enséñenos esas preciosidades que tienen locos a los pilotos.”, prosigue el comandante.

Harry no se hace de rogar, abre el pesado maletín. Como en las últimas ocasiones nota un intenso pitido, y se le agudiza el dolor de cabeza.

Intenta olvidarlo mientras enseña las piezas a los pilotos.

Unos maravillosos Sekonda cronómetros de cuerda manual. Son unos relojes fantásticos. Comparables a cualquier cronógrafo suizo y a un cuarto de su precio.

Dicen que son los que usan los cosmonautas soviéticos. Y desde hace poco se pueden comprar en el Reino Unido. Ese es su empleo, agente comercial de Sekonda. Le sorprende una decisión tan capitalista de los rusos.

Su ruta recorre todas las bases de la RAF en el sureste de Inglaterra. Su éxito entre el personal militar es abrumador. Piensa Harry, mientras sigue mostrando los modelos a sus clientes e intenta tomar nota de todos los pedidos. El dolor se agudiza. Cae inconsciente en el suelo, derramando el poco oporto que quedaba sobre su raída camisa.

Harry no lo ve, pero el comandante se levanta rápidamente sin apenas cojear, imparte órdenes, cierra el maletín y lo introduce en un baúl forrado de plomo que ha aparecido en la sala de la nada. Gracias a la diligencia del sargento Barnes, que curiosamente parece menos bonachón y nada beodo.

Century House, Westminster Bridge Road, Londres, Inglaterra. Diciembre 1969.

09:45 AM

Bien caballeros, el transmisor de VLF a 17.05KHz que ‘Q’ les ha enseñado en fotos, forma parte del equipo más moderno que emplea nuestra competencia. Este en concreto iba disimulado en una maleta de muestras de un agente comercial.

Era un transmisor de elevada potencia alimentado por una pequeña pila de uranio.

La antena iba en la tapa delantera del maletín, un curioso dispositivo electrónico que equivale a las 3 longitudes de onda necesarias, lo que en esta frecuencia estaría en el orden de decenas de kilómetros de cable.

En este caso no hay receptor ni micrófono. Al abrir el maletín se activaba la señal durante unos 30 segundos a un minuto. Emitiendo un pulso con una PIRE de uno 50KW.

Evidentemente el objetivo era ser geolocalizado.

Sinceramente la suerte jugó a nuestro favor, casualmente detectamos una tasa inusual de quemaduras. Quemaduras que inicialmente pensamos que eran químicas y resultaron ser quemaduras por radiación. Acompañadas de un elevado número de enfermedades asociadas en adultos varones en la franja de 30 a 50 años. Los únicos nexos entre ellos eran que estaban en el paro, procedían de Poplar y la palabra “SEKONDA”.

Finalmente ligamos cabos e interceptamos el maletín en la base de Feltwell.

El pobre hombre, Harry Gates se llamaba, no tenía ni idea de lo que llevaba en el maletín. Decía que vendía relojes. Hecho que fue confirmado. Posteriormente lo pudimos interrogar en el hospital militar donde fue ingresado y donde finalmente falleció por la exposición al uranio.

Evidentemente la competencia no sabe que les hemos descubierto.

El cadáver de Harry Gates y su valija fueron “casual y oportunamente” encontrados de madrugada por la policía en los servicios de la estación de Kings Cross.

La maleta fue debidamente devuelta a la empresa SEKONDA, por eso sólo han podido ver las fotografías de la misma. De este modo los rusos no sospechan que conocemos el operativo y dejaremos que así continúen creyéndolo.

Si no hay preguntas, daremos la reunión informativa por finalizada.

10:30 AM

– “Buenos días… señor.”

En el último suspiro el oficial de inteligencia ha reprimido el coloquial ‘C’ y ha dicho “señor”.

‘C’ es el código que recibe desde su formación el jefe del SIS y por el mismo se le refieren la mayoría de sus subordinados.

El agente viste uniforme de comandante de la Royal Navy. Es el oficial que hace unos meses consiguió el maletín sobre el que ‘C’ se explayaba, mientras el reprimía unos bostezos, en la reunión de hace apenas unos minutos.

– “Buenos días comandante, enhorabuena por el maletín. Veo que se está recuperando de las heridas recibidas en Dhofar.”

– “Muchas gracias, señor, apenas un leve cojera que ya está remitiendo. ¿Me permite una pregunta señor?”

– “Por supuesto.”

– “¿Por qué no detenemos la actividad encubierta bajo la importación de relojes, señor?”

– “Por varias razones, comandante: La primera es que así sabemos que están haciendo y no perdemos recursos averiguando una nueva estratagema de los rusos.”

– “Brillante, señor.”

– “La segunda que los datos de geolocalización de las bases, no tiene valor alguno. Son las mismas bases que ya teníamos en la batalla de Inglaterra y su ubicación es bien conocida, si hasta aparecen en los mapas de carreteras.”

– “Sorprendente, señor.”

– “Y la tercera y no menos importante, es que son unos relojes fantásticos y no vamos a dejar de importarlos por un simple juego de espías. Así que sigamos el juego a los Ivanes. ¿No le parece comandante?”

– “Muy hábil, señor.”

– “Por cierto veo que lleva uno. ¿Qué le parece?”

– “Muy observador, señor. Me parece sublime, es ligero, preciso, lleva cronómetro. Mucho mejor que mi anterior reloj.”

‘C’ Levanta una ceja interrogante.

– “No me malinterprete, señor. No quiero parecer republicano por ello, señor. Sigo teniendo un gran afecto por la corona, excepto en los relojes. Y este es un gran reloj, hasta no parece fabricado por los Ivanes.”

– “Pues acostúmbrese a él, le espera una misión en Berlín. Deberíamos captar un operativo en el servicio secreto de la RDA, necesitamos un topo en la Hauptverwaltung Aufklärung.”

– “Perfecto, señor. ¿Por cierto, cómo lo llamaremos, señor?”

– “Visto que le gustan los relojes, le llamaremos “Junghans”.

– “Muy adecuado, señor.”

– “Por cierto comandante, deje de ser condescendiente conmigo y llámeme ‘C’. Como bien sabe fui un agente como usted y sé cómo llamamos… ejem, digo, llaman al jefe. Y cierre la puerta al salir.”

Alexanderplatz, Berlín Oriental. Diciembre 1969.

17:30PM

El joven Hans acaba de salir de la “oficina”, por llamarlo de algún modo. Se dirige a una cercana cafetería, ha quedado con una chica de la agencia de noticias públicas. Es curioso. Aunque sean periodistas, ni sospechan con quien comparten edificio, creen que son servicios técnicos o algo así.

Como siempre va con la cabeza gacha, los manos en los bolsillos pensando en la sonrisa de Ingrid o en algo más que su sonrisa, esquivando a la gente que camina rápidamente, como intentando huir del frío diciembre de Berlín.

Si se fijara en los rostros en lugar de ir cabizbajo, un rostro le sería familiar, el de un hombre que arrastra una ligera y casi imperceptible cojera. Y con el que sin saberlo se ha cruzado todos los días de esta semana.

Hans sigue caminando, soñando con Ingrid. Nuestro hombre casi desconocido se ha parado, otro viandante le pide la hora. Hans no se ha fijado.

La conversación es escueta, el hombre mira su Sekonda, dice unas palabras y se separan a los pocos segundos.

Century House, Westminster Bridge Road, Londres, Inglaterra. Diciembre 1969.

18:15PM

‘C’ Sonríe, acaba de recibir un informe desde Berlín. Una casual conversación en Alexanderplatz. Una única palabra “Junghans”.

Su agente ha tardado meses, pero finalmente ya ha localizado un posible topo a quien captar para el MI6.

‘C’ mira de reojo su muñeca, hora de salir piensa.

También luce un cronometro cortesía de la competencia.

Sonríe otra vez, algo inusual en un mismo día. Sonríe al pensar en el juego de palabras que usó el agente cuando le pidió su opinión sobre el mismo…. “Sigo teniendo un gran afecto por la corona, excepto en los relojes”.

Ya se lo advirtieron cuando ascendió a la jefatura, un gran agente y todo un truhán… ¿Cómo diantre se llama? Aspira el humo de un Romeo Julieta mientras intenta recordar. Dichosa manía de darles códigos… Sí, ya recuerda. Comandante Bond, James Bond del MI6.

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4 comentarios sobre «El Viajante»

  1. Pere, el mejor hasta ahora, a pesar de las 3553 palabras. Ganan los británicos. 🙂

  2. Grande Pere, magnifico relato . Muchas gracias por todo el curro que conlleva . Con ganas de leer el próximo .

  3. Pere me ha encantado. De verdad que deberías escribir más.
    En la parte de RDA esperaba que saliera también tu ruhla 😉

  4. Muchas gracias por vuestros comentarios.
    @javierreloj Intentaremos escribir alguno más . Pero la inspiración es caprichosa.

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