30/03/2020

El Profesor

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@spitfiremkii

03:00AM, Un Día Cualquiera De Junio En El Sudeste Asiático

A Huang le cuesta dormir. El calor es insoportable. La humedad roza el noventa y nueve por ciento.

El ventilador del techo, un superviviente de la época colonial, se limita a repartir perezosamente el bochorno.

No consigue refrescar el ambiente, pero aún luce orgulloso un león dorado, y se puede leer Peugeot, Mulhouse-France.

Alarga la mano hacia la mesita de noche, pasándola suavemente por debajo la mosquitera. Intenta levantarla lo mínimo posible.

Con sumo cuidado, a pesar de su estado de duermevela, coge su reloj y de forma mecánica, sin pensarlo, le da cuerda lentamente.

Es nuevo, huele a nuevo, es su primer reloj. Hace apenas un mes que lo tiene y lo considera su bien más preciado.

La ligera luz del exterior se filtra por las desgastadas persianas. Persianas en las que se intuye algún resto de vieja y agrietada pintura. Tal vez en alguna época, ya pasada, fueron blancas. Ese ligero velo luminoso le permite ver la hora. Apenas las tres de la mañana. Con un poco de suerte, quizás, sólo quizás, refresque ligeramente y pueda dormir una o dos horas antes de que vuelva a ser un infierno mojado.

Acaba de dar cuerda, lo deposita suavemente y se deja adormecer escuchando el rítmico latido que le llega a través del húmedo silencio. Un cansado ronquido se superpone al tic tac, mientras Huang cierra los párpados sin tan siquiera percatarse.

06:10AM

El sol empieza a calentar el lado derecho de su torso. El reflejo del mismo en el dial de su cronómetro le incide en el rostro y lo tiñe de un cálido dorado.

Calor, luz grisácea, humedad creciente. Un insistente y famélico mosquito se ha conseguido colar a través de la mosquitera. Probablemente cuando consultaba el paso de las horas en la pequeña esfera.

Condenado insecto, no sólo se ha cebado con él, sino que además atrona sus oídos con su insistente zumbido.

Huang está incómodo. No sólo es el pequeño volador. Es este condenado país. Las gotas de sudor empapan su cuerpo, se deslizan lentamente, trazando calmadas ondas. Gotas empujadas por la cíclica y cálida brisa mecánica del viejo ventilador. En otro lugar, el aparato debería suponer un ligero alivio y ayudar al despertar de la melosa morbidez del sueño.

Piensa mientras observa la blanca espalda de su acompañante mestiza, mitad francesa, mitad Hoa. Se gira mientras la mira. Un gota de sudor recorre la dulce curva de su seno. Debe saber a almíbar, piensa. Es terriblemente bella, bella hasta doler y una paria entre los suyos. Cosas del pasado colonial. Lástima del calor, mala para su libido. Si no otros olores almizclados saturarían la de ya por si saturada atmósfera de la habitación. Igual se lo replantea en breve mientras le acaricia el final de la espalda, palpando la redondez dura de los glúteos de la chica. Sí, más vale replanteárselo ya.

La sensación de agobio sólo empezará a ir a más. En 3 o 4 horas, el aire será irrespirable y la humedad insoportable. Como echa de menos las montañas del pueblo donde nació, pensamiento que se esfuma al notar como su creciente erección es correspondida por su pálida, y casi desconocida, acompañante.

07:27 AM

Aromas dulces como la melaza y picantes como el chili saturan su pituitaria, se filtran por las desvencijadas persianas, alguien se debe estar preparando el desayuno.

Olores intensos que se mezclan con el almizclado del sexo y el agrio del sudor.

Huang nota como unos finos dedos le acarician una inexistente barba en su lampiño rostro. Recorriendo las marcadas líneas de sus cuadrados pómulos.

Las yemas se pegan al rostro, cuesta que se deslicen. Condenada y pegajosa humedad.

Sólo hará treinta o treinta y un grados Celsius, aún no es el peor momento del día.

Por la escasa luz, apenas gana terreno a la penumbra de la estancia, el cielo debe seguir encapotado.

Las probabilidades de lluvia, para variar, son del noventa por ciento.

Para variar, piensa irónicamente Huang. Ayer fueron del noventa y un por ciento y mañana serán del ochenta y nueve. Bien podrían ser del cien por cien. Jodidos meteorólogos, nunca se la juegan a una sólo carta.

Huang se mueve pausadamente, no quiere despertar a Marie, o algún otro nombre similar, herencia de la “grandeur” y adecuado para tan bello animal.

Consigue sacar un pie de la litera, roza una botella de cristal con el astrágalo. La empuja, o al menos lo intenta. Lo consigue, ya que se aleja rodando y escucha el repicar de la misma en las juntas de las tablas que forman el suelo de madera.

Madera oscura, ligeramente resinosa, parece siempre mojada. Probablemente lo esté.

Un suave, pero persistente, dolor de cabeza le recuerda cual debió ser el contenido de la dichosa botella. Al incorporarse del todo, un ligero ardor ascendente, desde el esófago hasta la garganta, se lo confirma. Un mal licor de arroz. Barato y útil para intentar olvidarse de este clima opresor.

Decide no mirar la botella y quedarse con la duda de si era con, o sin, serpiente. Viejas tradiciones destinadas a desaparecer, afortunadamente.

Huang se plantea si ducharse o no, la respiración entrecortada de Marie, el recuerdo de la hora anterior y el olor primigenio que desprenden sus manos, sus labios y supone que el resto de su cuerpo, le hacen decidirse.

Dará una oportunidad, finalmente, al aseo personal. En días normales es más una costumbre que utilidad, ya que a los cinco minutos está igual de sudoroso. Al menos hoy servirá para algo más.

Hacer girar la grifería. Si no fuera por el ruido del agua al repicar sobre el plato de ducha y porque nota la ligera caricia del débil chorro sobre su piel, dudaría de si se está duchando. Probablemente el agua esté más seca que el aire de la habitación.

Cierra el grifo, sale de la ducha y se seca como puede con una toalla de algodón. Toalla que en algún momento debió ser mullida y suave. A los poco minutos volverá a estar sudoroso. Por la puerta entreabierta le llega el sonido del calmo respirar de quien aún descansa. Contiene su excitación.

Si no fuera por momentos como estos, empezaría a odiar a sus jefes. Intenta recordar que hace aquí.

Debe finalizar la entrega del producto, hacer su puesta en marcha y la formación del usuario final.

¿Por qué diantres no lo hicieron en la fábrica? Masculla para sí.

Vuelve a pensar en la complaciente chica al otra lado de la puerta, niega agitando la cabeza. No le quedará más remedio que vestirse y volver a aguantar a los inútiles cuyos jefes han comprado los “juguetes”. Cada día como profesor es peor que el anterior. Si no han roto nada, lo habitual, sólo saben quejarse de la competencia. Que si tienen máquinas más nuevas, más rápidas o simplemente de que tienen más.

Huang ya se imagina que deberá quedarse un mes más, tedioso mes.

O no, la voz femenina que le llama de forma sugerente le hace replantearse sus idea sobre el tedio.

08:40 AM

Se ha vuelto a enredar entre piernas y sábanas, ya no hay tiempo para otra ducha.

Se pasa la pernera derecha del pantalón khaki de algodón. El sudor aflora de nuevo por su espalda, deslizándose vertebra a vertebra hasta empezar a empapar la cintura del pantalón. Agradece que Marie le lama las gotas sobre la espina dorsal, mientras la aparta cariñosamente.

Se abrocha la camisa, ya transparenta en axilas y pecho, vuelve a despegarse de la chica.

Huang piensa que Marie debe ver en él su pasaje de salida de este infierno.

Si no, no acaba de entender el exceso de cariño, por llamarlo de algún modo, que le profesa.

Intenta desayunar un bol frío de arroz. Arroz que intenta pasar con un poco de té recalentado. No hay manera.

En el aula de formación ya deben estar los treinta y cuatro alumnos a la espera. Impacientes.

Debe finalizar ya el dichoso cursillo. Se pregunta como la competencia occidental puede aguantar este diabólico clima. El se siente como un pez.

Huang se acaricia el mentón, cree que sabe como finalizar el encargo, dejar satisfecho al cliente y en ridículo a la competencia. Sonríe para sí.

“Mierda”, salía del apartamento sin su reloj, deberá entrar y cogerlo rápido antes de que la chiquilla se ponga de nuevo en celo. Afortunadamente, o no, oye la ducha de fondo.

Aparta a manotazos la mosquitera, derriba sin querer el comodín, vuelve a chutar la botella y mata finalmente un mosquito que le zumba en la oreja, manchándose ligeramente el cuello de la camisa. Espera que el mosquito sea el que se ha cebado con él. Finalmente, entre las sábanas, aparece.

Recoge el cronómetro y sale por la puerta mientras se lo ajusta en la muñeca izquierda.

Es curioso, antes de tenerlo no le daba importancia a los relojes. Como dársela a algo que no tienes. Pero ahora no puede dar una clase o una demostración práctica del producto sin sentirlo latir en su muñeca.

Vuelve a darle cuerda, mientras repasa mentalmente su plan.

11:50 AM, 6 De Junio De 1965 – Hanoi

Horas más tarde, se le presenta la oportunidad de ejecutarlo.

Se retira ligeramente el guante de la mano izquierda y se sube un poco la manga de la cazadora.

Sí, cazadora y guantes. Es una de las pocas ventajas de su trabajo. El fresquito que hace cuando hacen demostraciones del producto ante los clientes.

Aprieta el botón superior del crono para activarlo.

Lo utiliza de reserva, de backup. La instrumentación del equipo a veces deja de funcionar y es primordial el control de tiempos. Sobretodo hoy.

Huang sonríe, le quedan 28 minutos de combustible. Su JJ6 biplaza de formación, copia del MIG19, vibra bajo el empuje del reactor en vuelo a media altura y velocidad subsónica.

Vuelve a comprobar en su SEAGULL, le quedan aún 25’. Golpea con el índice los instrumentos de vuelo, no se hayan congelado. Acaricia el lateral de la carlinga. Vuelve a mirar el crono. Bonitos juguetes ambos.

A Huang se le ilumina el rostro con una sonrisa lobuna. Básicamente porque ha empezado a bailar a 12.000 píes de altura. Su pareja hoy es un F4 Phantom de la USAF, la competencia, la dichosa competencia.

Huang sabe que no debería estar aquí, pero es parte de su plan. Sólo es instructor, debe formar a los norvietnamitas y entregarles los J5 y los J6.

Deben completar la instrucción básica recibida en Mong Tu 6 meses antes. Por eso no lleva identificación alguna, y viste uniforme de la Không Quân Nhân Dân Việt Nam. Sólo el reloj lo podría identificar, pero que más da un reloj chino en un avión chino. Será la primera vez que se prueben en combate real, tanto el avión como el reloj, como el propio Huang. Han sido entrenados y creados para ello.

Huang sabe que el Phantom es más rápido, más potente y está mejor armado. Es un caza para combate supersónico.

Pero a velocidad subsónica, a corta distancia, con giros rápidos y cerrados… En “dogfight”, su J6 puede tener cierta ventaja, es mucho más maniobrable. Sobretodo en las manos de un piloto experimentado como lo es Huang. Eso, y los 3 cañones de 30 mm del caza chino. Devastadores.

Empieza el baile. El F4 en su popa, a las 7. Giro rápido a estribor, giro rápido a babor. Ligero ascenso. El F4 se sitúa alternativamente a sus 8, para luego volver a sus 6. No le preocupa. Ha conseguido situar su J6 rumbo al sol. Acelera al máximo. Fija un ángulo de ascenso de 20º, e introduce ligeros cambios de rumbo. Aleatorios. Babor, babor, estribor, babor, estribor, estribor. El F4 no consigue fijar blanco para sus misiles AA. El J6 carece de ellos, los rusos no se los sirvieron con los MIG19 y no los han podido copiar para su propia versión.

Sigue el zigzag, pero siempre con el sol de frente. Huang mira su reloj, el primer crono fabricado en China para sus pilotos de combate, sólo 1.400 unidades. Le quedan aún 23’. El tiempo parece que no pasa.

Por el retrovisor observa al F4, prefiere el control visual al radar.

El F4 lanza en rápida sucesión dos misiles aire-aire. Huang no se inmuta. Encara el sol, rumbo 172º. Mira el reloj, 4segundos, mantiene el rumbo, 3 segundos, 2 segundos. El alumno, un teniente coronel norvietnamita, grita, gesticula, se orina en el asiento delantero. Huang va en el trasero, algo más elevado y con mejor visibilidad. Menos mal que le ha desconectado antes del vuelo la palanca de expulsión que ese imbécil estira compulsivamente. 1 segundo, viraje ascendente de 180º, una chandelle.

Los misiles pasan de largo a 5 metros escasos del flanco alar de babor, son misiles guiados térmicamente y el volar hacia el sol los ha confundido. Casi puede oír los insultos y maldiciones del piloto yankee.

Reinicia el crono, ya no le interesan los minutos de vuelo que le quedan. Ahora sólo es su J6 contra el F4.

Ascenso a 180m/s, 170m/s, 160m/s, continua mirando de reojo su crono, venga sólo unos segundos, unas décimas más.

Según los manuales, la maniobra de chandelle en un viraje ascendente de máximo rendimiento, exagerado, en el cual el avión vira 180º y pierde velocidad hasta llegar al borde la pérdida. Mira en el retrovisor. El F4 cae en barrena.

A velocidad subsónica y en giros cerrados, el F4 tiende a entrar en pérdida antes que los MIG soviéticos, y sus copias chinas. Era una apuesta, y ha salido bien.

Huang desciende levemente el morro de su caza, entra también en pérdida, pero controlada. El reactor recupera potencia e inicia un picado hacia el F4.

El F4 cae como pesada hoja en otoño, ladeándose sin posibilidad de recuperar potencia. Huang no le da oportunidad alguna, mientras aprieta el gatillo de la palanca de mando.

Sus tres cañones de 30 mm hablan sólo durante 5 segundos, los suficientes para ver como el F4 es un bola de fuego cayendo sobre los arrozales cerca de la desembocadura del Nam Ma.

A pesar del olor a vómito que se suma al de la orina, el norvietnamita grita de júbilo, parece ser que la demostración ha sido un éxito.

Pensándolo bien, no es un trabajo tan malo, sobretodo a más de 10.000 píes, donde se está fresquito y uno se olvida del clima de este maldito país.

Hay días que vale la pena ir a trabajar, piensa mientras cede los mandos al alumno y aprovecha para dar cuerda a su reloj, su amuleto de la buena suerte.

Fin.

El Reloj: SEAGULL 1963

El reloj co-protagonista del relato es el primer reloj cronógrafo de las fuerzas aéreas chinas.

El reloj se basa en el movimiento Venus 175 de origen suizo, patente que fue comprada por China y mejorada tras añadirle 2 rubíes y subiendo su marcha hasta 21.600 bph.

Su fabricación fue aprobada en 1965, produciéndose sólo 1.400 unidades.

Probablemente no entrara en combate en Vietnam, ya que no hay indicios de participación de pilotos chinos, pero sí se entregaron aviones, así que la historia anterior es plausible, tanto en el marco temporal, como histórico

La unidad cuyas fotos acompañan el relato es un Seagull 1963 de fabricación moderna, las características son:

Caja de acero de 38mm, sin corona.

Cristal plexi ligeramente abombado.

Crono mecánico con rueda de pilares.

Maquinaria Seagull ST19, a 21600 alternancias

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